lunes, 9 de diciembre de 2013

La muerte es un cuento

He asistido a un entierro sin muerto. Un niño sin nombre hablaba de lo importante que había sido en su vida, los adultos (sus familiares creo) le acompañaban en el sentimiento. Al principio creí que imitaba a alguien, que interpretaba algún papel de otro. Los niños !tantas veces imitan! Los adultos también ahora que lo pienso. En fin, el pequeño lloraba sin lágrimas frente a un pequeño bultico de tierra. No pude quedarme hasta el final, además no había sido invitada, la reja impedía el paso y yo apurada a coger el P-1. Creo que aquel niño despedía el duelo de un gato o de otro animal de compañía. Parecía un juego pero era algo muy serio. Rememoraba (hasta ahí pude oír) los mejores ratos a su lado, los instantes tristes cuando ¿el gato? ¿el canario? habían trocado su lamento en goce. La despedida del niño era de las más sinceras que he presenciado, no era una letanía insoportable suplicando al que se va, era como si en la vida real el que se iba quedara... como si la muerte fuera un cuento mientras perdurara el recuerdo nítido de lo que había sido.

viernes, 6 de diciembre de 2013

La Habana sin maquillaje

“A todos los que como yo conocían La Habana por el TV; a los que se arriesgaron como Cristóbal Colón”.
La Habana me recibió gélida y burócrata sin avergonzarse por sus cambios de humor a cada esquina, ni de los tan bruscos contrastes. Encontré agitaciones que redujeron a la mínima expresión las réplicas de mi desatendida ciudad. Todavía tengo pocos conocidos (¡imaginen la cifra de amigos!) y en su mayoría cuentan, aunque no explícitamente, historias parecidas a la mía y ahora que lo pienso casi idénticas a la de Cristóbal Colón, que partió rumbo a lo desconocido procurando prosperidad… aunque por supuesto su trayecto fue más largo y peligroso. “La Habana es cara”.- intentaron persuadirme antes de la partida. Ahora que lo vivo lo convierto en superlativo: ¡es carísima! Lo bueno o malo, dependiendo del cristal con que mire, es que nadie se preocupa por la forma en que caminas, vistes, peinas o (sobre) vives. Este pensamiento me sirvió de consuelo el día que perdí aproximadamente 45 minutos de mi vida esperando el momento propicio para cruzar a la siguiente acera sin convertirme en un tostón. Hace poco esperé dos horas por una guagua, jamás llegó y decidí mojarme, con las lágrimas del cielo, el vestido y hasta los huesos; la frialdad del agua se sentía tan adentro que me produjo el catarro que ahora me delata en cualquier silencio. Estaba sola en una parada repleta de pasajeros que no fueron y encontré alivio en las palabras de una señora despeinada cuyo destino era más alejado. No me burlé de ella, no acostumbro a eso y su cara de angustia por el esposo enfermo no me dejaba hacerlo… pero su desgracia dejó a la mía en el primer escalón y me dio fuerzas para irme caminando. De cualquier forma esta Habana que se niega a la conquista me regala desde un cristal, ahora empañado, la belleza de un mar inmenso y tan azul que parece un cuadro. Todos los días cuando camino hacia el trabajo (porque puedo darme el lujo de caminar) contemplo diferentes rostros, escucho diferentes conversaciones y presupongo historias que termino creyendo y plasmo al mismo tiempo en el papel de mi imaginación. La Habana, como me habían prometido, no abrió sus brazos para recibirme. Atemorizadas al inicio, ella y yo, fuimos acostumbrándonos a mi inminente estancia sin pasaje de retorno por el momento. Ahora, se quita el maquillaje… nos conocemos más y me va mostrando lugares inhóspitos que pocas vecen salen en TV.

lunes, 18 de noviembre de 2013

... y amanece

Le decían la loca del muelle de San Blas. Aunque tenía un nombre como todos, insisto en que los nombres no son lo más importante. Loca por esperar, loca por amor (¿habrá en esta última frase una redundancia?). Su prometido partió, ella empapada en llanto, juró que esperaría. En esta última línea me descubro en ella llorando por un adiós. Aunque Rebeca, que así se llamaba, cerró las puertas, las ventanas de sus sueños y negó visa a un nuevo amor. Se perdió la oportunidad de otro beso, de otras manos, de otras caricias… Quizás ignoraba que cuando una puerta se cierra se abre otra y a lo mejor nadie le dijo jamás que nunca es más oscuro que cuando va a amanecer. Lástima entonces que no la conocí y por lo mismo no le conté lo que, a mis 23 años, pudiera parecer ¡tan poco! a los que han vivido más. Es probable que en alguna parte del mundo la pasada semana, el día de su deceso, pudiera reencontrarse con su hombre. En algún lugar celestial alejado de lo pecaminoso, en algún lugar donde no se vale, donde no es lícito decir adiós.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Pido disculpas…

Nadie preguntó sus nombres, enseguida acudieron a un despectivo porque las mayorías no están listas. Defensora del amor a cualquier precio, quedé callada por esta vez y ahora escribo como mecanismo de defensa, como disculpas por no dar mi opinión (aunque valga aclarar que percibo un salario por tener alguna aunque sea a contracorriente). De niña mi mamá me enseñó que el amor no se oculta, pero las personas dudan qué pueda existir esta clase de afecto para ellos. ¡Cómo si existiera un termómetro que pueda medir la intensidad de un sentimiento! Ya me los imagino diciendo: “No, todavía falta una línea para llegar a 38, no estás del todo enamorada”. Lo tildan de espectáculo con odio en la mirada, con asombro en el pensamiento: “Parece hasta mentira, que horror”.- murmura una señora que se iba en la misma guagua y se persigna. Su compañera de asiento, solo asiente con desprecio, con rencor en la mirada. “Arderán en el infierno”, sentenciaría mi vecino que ya no está… “es pecado contra la carne”.- argumentaría para convencerme. ¿Quién? ¿Con qué derecho puede señalarse a dos personas por despedirse con un beso? Un beso que es más que la unión de dos bocas, más que el intercambio de cuatro labios. Un beso es un sello, una marca imborrable, un tatuaje en la piel del otro, eso, un beso, es un tatuaje. Quedé callada y lo lamento, pido disculpas por todas las veces que lo he hecho en esta y otras situaciones. No veo la complejidad del asunto, no tenía porque callar, pero lo hice. Caí en el saco de los incomprensivos, de aquellos que parece no aman, que jamás lo han hecho porque se niegan a comprender que salvando distancias y juicios del populix también el más universal de los sentimientos puede florecer ¿porqué no? en dos personas del mismo sexo.

lunes, 28 de octubre de 2013

La novia de Camilo

Hace unos años conocí a una señora que decía haber sido novia de Camilo Cienfuegos. Viajaba a mi lado en el tren hacia Isabela de Sagua. Su cabello sucio y despeinado me dejó otra impresión. En ocasiones solemos juzgar por apariencias, por lo que vemos a simple vista aunque en mi caso unos cristales de poco aumento (por suerte, todavía de poco aumento) tengan que corregir mi falta de visión. Lo repetía como una letanía insoportable y yo reía para mis adentros, amargamente, sin creerme el sueño de ella. Ahora que lo pienso quizás ella misma necesitaba ardientemente creerlo, seguramente de haber vivido en 1959 yo misma estaría entre las que desearon ser su novia. Tan jaranero, galante, varonil con aquel sombrero, con aquella barba… No estoy muy segura de que el idilio se repitiera en el momento de su desaparición. Cuando la anciana del tren, de haber sido su novia, quedó sin un cuerpo que velar, sin una tumba que escuchara sus lamentos. Camilo tuvo el final esotérico que su vida no fue: tenía 27 años el día de su desaparición, ¡27 años! Ella necesitaba que yo creyera en su sueño, fue cruel de mi parte no hacerlo. Ahora mismo necesito que alguien crea en los míos, la entiendo perfectamente cuando camino todos los días por las mismas calles que pronuncian a gritos y a veces con pausas prolongadísimas que tú me faltas.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Ciberamigos

Conocí a Luis Antonio gracias a la magia de Internet . La verdad, aún lo conozco solo por esa vía; aunque ya he visto su letra. En nuestra primera ciber-conversación prometió un regalo y ¡qué regalo! Mandó vía correo postal dos ejemplares ilustrísimos de la Literatura Latinoamericana. Todavía no le agradezco suficiente que pudiera enviar Crónica de una muerte anunciada de mi Gabo querido y La casa de los espíritus de Isabel Allende. Allí conocí su letra en una nota que dejó para mí. Su historia, al menos en Cuba, parece de película. Adoptó a una niña en China que se llama Yuan. Me ha contado que aunque muchas familias cambian los nombres de los niños que adoptan. Él y su esposa decidieron preservar el de la pequeña. Me explica que era lo único que tenía, ¿cómo iban a quitárselo? Ahora a la pequeña Yuan le encanta su nombre, en un país donde todos tienen nombres de adultos como España, Yuan suena original. Ahora que la madre patria está en crisis mi amigo Luis Antonio y su esposa son de los pocos afortunados que todavía tienen empleo. Él trabaja de chofer en una guagua que recorre casi todo Madrid; ella es educadora infantil: trabaja con niños de 0 a 3 años. En su luna de miel vinieron a Cuba, allá por el año 2001 cuando exigíamos el regreso de Elián González. Visitaron muchas escuelas y quedaron tan prendados de esta ínsula que han prometido regresar.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Beatlemanía... sin posibilidades de retorno

El nombre pudo haber sido otro... la catarsis en la fanaticada no surge por la pegada de un nombre y en este caso el detonante fue la conjunción allá en la apartada Liverpool y el lejano 1962 de cuatro talentos musicales. Todavía siguen ganando adeptos. Al menos una vez hemos tarareado sus canciones. He pensado que probablemente estos ingleses hayan vendido su alma al diablo a cambio de seguir siendo escuchados. No lo hicieron antes y ahora tampoco, irrumpen sin previo aviso. Este 9 de octubre lo utilizo como pretexto para festejar juntos el cumpleaños 73 de John Lennon, a quien una bala asesina trató de eclipsar, como si la luz se apagara, como si los soñadores murieran para siempre... Le propongo obviar este detalle, suponga que en el caso de Lennon y Harrison simplemente fueron convidados a tocar en el firmamento para que en otros mundos también conozcan su música. El nombre no fue lo más importante, lo trascendente y monumental estuvo en la feliz idea de conjugar sus voces, sus instrumentos; para dejarnos por generaciones susceptibles al contagio de ese fenómeno musical que alguien denominó Beatlemanía y que no admite posibilidades de retorno.